
En todos los adultos vive escondido un niño. Detrás de la corbata o de la blusa, detrás de las canas o de las gafas de sol, detrás de las prisas o del espejo, detrás de la mueca de tristeza o de la sonrisa entre irónica y escéptica… permanece un niño que no acaba de morir, que desea brillar con energías nuevas.
Un niño que querría estar entre sus padres, que disfruta con la lluvia, que lucha contra las olas del mar, que sueña con pelotas de fútbol y con galletas de chocolate. Un niño que ayuda a una anciana a cruzar la calle, que deja a un pobre el dinero que tenía ahorrado para ir al cine, que dice a mamá que sí, cuando le pide que vaya a lavar los platos, que tiene los juguetes fuera de sitio pero que promete que mañana su cuarto estará “perfecto”.
Un niño que piensa que los grandes son buenos, que los amigos merecen lo mejor a la hora del trabajo y del juego, que los profesores enseñan cosas importantes para la vida
Un niño que llora cuando ve a otros niños sufrir por culpa del hambre o de la guerra. Un niño que desea la llegada de un mundo nuevo. Sin armas ni violencia, sin odios ni racismos, sin rencores que corroen el alma y matan de amargura, sin pobreza que deja a tantos niños y a tantos padres y madres sin el pan de cada día…
Un niño que también pide perdón, porque tiene sus rabietas, porque piensa mucho en “sus” cosas, porque ha dado más de un disgusto a papá y a mamá, porque ha pegado a su hermano más pequeño, porque no quiso comer el postre preparado con tanto cariño.
Un niño que sueña en ir a ver a los abuelos, o en la belleza del cielo estrellado, en papá Noel esperando recibir los regalos, o en la cigüeña que hace nidos y que dicen traer a los bebés.
Un niño que está allí, dentro, deseo de vivir y de amar, soñador de esperanzas y de cielos, de cariño para dar y recibir. Un niño que tiene todo el amor de Dios. Un niño que hoy, quizá, rompa perezas y aparezca, con una sonrisa limpia y un amor más fresco.
Sí podríamos ver la vida como la ve un niño podríamos sacarle el mejor provecho pues de vez en cuando, ese niño interior nos dejaría ver las cosas de una manera más sencilla.
Cuando éramos pequeños queríamos ser mayores, y ahora que somos mayores, nos gustaría ser niños. Con los años, vamos acumulando experiencias y ganando serenidad, empatía y un sinfín de virtudes. Entre todas ellas, nos olvidamos de ver la vida con losojos de un niño.. Es decir, ponernos contentos sin más, estar siempre creando cosas nuevas y desear con fuerza todo aquello que queremos. Esas son realmente las reglas de un niño ¿por qué no disfrutar de vez en cuando de ese niño que llevamos dentro? Si dejamos que ese niño interior salga, nos daremos cuenta que nos puede ayudar a ver las cosas de una manera más sencilla e inocente, y lo más importante, disfrutar de los pequeños placeres de la vida con esos ojos inocentes y llenos de ilusión. Puede costar al principio, porque precisamente los adultos eso de ver la vida como un juego hace tiempo que es historia pasada. Pero es tan fácil y sencillo como realizar cosas nuevas (ilusión) y no ver los obstáculos mientras nos acercamos a la meta. Los niños no centran su atención en el futuro, es sereno y perfecto, porque dirigen toda su atención al momento presente, sin preocuparse por el pasado y, menos aún, por un futuro que ellos no ven. Por eso los adultos nos vemos en la necesidad de tomar decisiones más meditadas, sobre todo en los momentos de incertidumbre, pero de de vez en cuando, hay que recordar que cuando éramos jóvenes, si bien éramos impulsivos, teníamos metas. Ahora igualmente están ahí, y pueden salir mediante la creatividad. Que estás un poco perdido, al igual que los niños, busca un referente, un ejemplo a seguir que te inspire y sirva de guía. Cuando somos adultos, nos dejamos arrastras por la larga lista de cosas urgentes, y no nos damos tiempo para lo que realmente importa, disfrutar de la vida sin mirar los obstáculos que nos podemos encontrar a lo largo de ella.
