
Todos nosotros conocemos la necesidad de amar y ser amado. Sin embargo, cuando esta necesidad se convierte en carencia, hay algo extra que hay que advertir: estamos vulnerables.
El origen de la carencia afectiva se encuentra en nuestra dificultad para recibir amor. Es como estar hambriento y no tener estómago para digerir. Pero ¿cómo habrá sido que nuestro estómago afectivo se ha vuelto tan pequeño? Hemos ido alimentándonos cada vez menos, a medida que el alimento emocional se hacía escaso o invasivo.
La necesidad de ser amado forma parte de nuestro instinto de supervivencia, por tanto es algo natural, en cuanto a seres que vivimos en sociedad. Pero en nuestra sociedad materialista en que la autonomía, es sinónimo de madurez, muchas veces esta necesidad es vista como signo de inmadurez o infantilismo. Vamos a aclarar este prejuicio: amar solo se convierte en infantil cuando se vuelve exigencia unilateral: cuando queremos tan solo ser amados.
Extrañamente, cuando quiero algo del otro, dejo de percibirme a mí mismo. Cuando necesito del otro, paso a controlarlo. Entonces, en vez de expresar mi amor, paso a reclamar atención. En lugar de decir que amo, digo qué falta en el otro para sentirme amada.
¡Cuántas discusiones entre parejas, padres e hijos tienen base en este intercambio de intenciones!
Cuando nos convertimos en rehenes del comportamiento ajeno, dejamos de estar conectados a nuestro sentimiento de amar y esperamos tan solo ser amados. En otras palabras, dejo de percibir lo que estoy sintiendo en relación a él, y tan solo me atengo a lo que él está demostrando sentir en relación a mí. La expresión del afecto se contrae bajo esa presión y gradualmente ambos pierden la espontaneidad.
Hay una diferencia entre expresar claramente lo que se quiere y cobrar indirectamente lo que se necesita. En el momento en que simplemente expreso mi deseo, desobligo al otro de actuar. Así, él ya no se siente presionado a cambiar y se vuelve naturalmente dispuesto a retomar la relación.
Al percibir nuestras verdaderas necesidades, deseos e intenciones, liberamos al otro de la carga de adivinar lo que secreta e indirectamente deseamos. Dejamos de imaginar lo que necesitamos y pasamos a sentir nuestras reales necesidades.
Este proceso exige auto-observación. Muchas veces, darse cuenta de algo que nos falta duele más de lo que imaginábamos. Percibir nuestro bloqueo para saber recibir puede ser una sorpresa mayor de lo que pensábamos. Pero, en el momento en que percibo una limitación interior tengo la posibilidad de cambiar. ¿Cómo?
Empezando por admitir que recibir es bueno. No es una amenaza. Solo la experiencia puede afirmarnos lo que queremos o no. Hemos de aprender a ser sinceros con nuestras necesidades frente a los deseos ajenos. Esto ocurre cuando nuestro sí es un sí verdadero.
No es preciso dejar de ser quienes somos al recibir algo intencional de otra persona. No es preciso usar máscaras sociales comportándonos como se espera de nosotros.
Tampoco sentirnos insuficientes e inadecuados si no estamos en condiciones de retribuir. ¡Podemos ser auténticos!
Nos sentimos amados cuando el otro nos acepta tal como somos. Por tanto, dar amor es abrirse para recibir el amor que el otro tiene para darte. Dejar un espacio de ti para acoger al otro en tu interior.
